Cuando el terapeuta no te dice qué hacer

Cuando el terapeuta no te dice qué hacer

Hay momentos en consulta donde el silencio pesa más que las palabras.

Sergio VacaPor Sergio Vaca

El paciente termina de hablar, me mira esperando algo, y entonces llega la pregunta:

— “¿Tú qué harías?”

— “¿Crees que debería irme?”

— “Solo dime qué decisión tomar.”

Y aunque muchas veces sería más fácil responder de inmediato, hay algo en la experiencia analítica que exige detenerse antes de ocupar ese lugar.

Porque cuando alguien llega a terapia, no llega solamente buscando consejos. Llega con una historia, con heridas, con formas repetidas de amar, de sufrir y de perderse. Llega hablando desde lugares que muchas veces ni siquiera conoce completamente.

Eso fue algo que Jacques Lacan entendió profundamente en La dirección de la cura y los principios de su poder.

El trabajo del analista no consiste en dirigir la vida del otro.

Consiste en escuchar aquello que insiste detrás de sus palabras.

La tentación de responder

A veces el paciente llega agotado.

Quiere alivio inmediato.

Quiere salir del dolor.

Quiere que alguien le garantice que la decisión correcta existe.

Y sí, claro que uno podría responder rápidamente:

— “Déjalo.”

— “Perdónala.”

— “No vuelvas ahí.”

— “Haz esto.”

Pero con el tiempo entendí algo importante: cuando el analista ocupa completamente el lugar de quien sabe, algo del sujeto queda en silencio.

Porque muchas veces el paciente ya ha vivido demasiado tiempo obedeciendo voces ajenas.

La familia.

La pareja.

Las expectativas

La culpa.

El miedo.

Entonces, ¿qué ocurre si la terapia se convierte en otra voz más diciéndole quién debe ser?

Escuchar lo que se repite

Hay pacientes que llegan diciendo:

“No entiendo por qué siempre termino viviendo lo mismo.”

Y al principio hablan únicamente de los otros.

De quienes los lastimaron.

De quienes se fueron.

De quienes no supieron amarlos.

Pero poco a poco comienzan a aparecer ciertas frases.

Frases que vuelven.
Historias que se repiten.
Modos de colocarse frente al amor, al abandono o al rechazo.

Una paciente decía constantemente:
“Tengo que hacer todo bien para que no se enojen conmigo.”

Ahí apareció algo distinto.
No una explicación mágica.
No una solución instantánea.
Apareció una marca.

Y muchas veces el análisis comienza precisamente ahí: cuando algo de la propia historia deja de sentirse completamente invisible.

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