Reflexiones sobre mi terapia

Reflexiones sobre mi terapia

Sergio VacaPor Sergio Vaca

Mi terapia

(Muchas personas llegan a terapia sin tener completamente claro qué buscan. Algunas desean comprender mejor ciertas emociones, otras atraviesan conflictos específicos y otras simplemente sienten la necesidad de contar con un espacio para pensar sobre sí mismas.

El siguiente relato recoge reflexiones inspiradas en experiencias que suelen aparecer durante los procesos terapéuticos. Su intención es acercar al lector a lo que puede significar la experiencia de una terapia psicológica cara a cara con orientación psicoanalítica.)

No recuerdo haber comenzado terapia porque estuviera atravesando el peor momento de mi vida. De hecho, si alguien me hubiera preguntado en aquel entonces cómo estaba, probablemente habría respondido que bien. Trabajaba, cumplía con mis responsabilidades, tenía proyectos y una vida aparentemente normal.

Sin embargo, había algo que no terminaba de encajar.

Era una sensación difícil de describir. Como si muchas cosas en mi vida ocurrieran sin que yo terminara de entender por qué. Me enojaba más de lo que quería admitir. Algunas frustraciones parecían acompañarme durante semanas. Ciertas relaciones terminaban pareciéndose demasiado entre sí. Había conversaciones que seguían resonando en mi cabeza mucho después de haber terminado. Y, sobre todo, tenía la impresión de que siempre estaba reaccionando a algo, pero rara vez me detenía a preguntarme qué me estaba pasando realmente.

Por eso llegué a terapia.

Si soy sincero, no tenía muy claro qué esperaba encontrar.

Quizá alguna respuesta. Quizá una explicación. Quizá simplemente un lugar donde pensar.

Lo que encontré fue algo distinto.

Con el paso del tiempo, la sesión se convirtió en una especie de referencia para mí. Suelo llamarla mi "cero, cero". El punto donde termina una semana y comienza la siguiente. Un espacio que existe al margen de las exigencias cotidianas. Un lugar donde no tengo que demostrar nada, resolver nada de inmediato ni llegar a conclusiones apresuradas.

Simplemente puedo hablar.

Y eso, que parece tan sencillo, ha resultado ser mucho más profundo de lo que imaginaba.

Hay semanas en las que hablo de mi familia. Otras del trabajo. A veces de política. A veces de la sensación incómoda de volver a casa después de una jornada difícil. En ocasiones hablo de relaciones de pareja. O, siendo más preciso, de la ausencia de ellas. De los encuentros que no prosperaron. De las expectativas que deposito en los demás. De las historias que me cuento sobre lo que significa estar acompañado o estar solo.

También aparecen el enojo y la frustración.

Durante mucho tiempo pensé que los conocía bien. Creía saber exactamente qué me hacía enojar y por qué. Sin embargo, la terapia me ha enseñado que las emociones suelen tener más historia de la que uno imagina. Lo que parece un problema del presente muchas veces lleva años intentando decir algo.

Y ahí es donde ocurre algo que todavía me sorprende.

De pronto descubro que dos experiencias que parecían no tener relación están conectadas. Una preocupación actual se enlaza con una vivencia antigua. Una reacción que creía completamente racional revela una dimensión emocional que nunca había considerado. Un comentario que parecía insignificante termina mostrando una sensibilidad que desconocía en mí mismo.

No son revelaciones espectaculares.

Son descubrimientos pequeños, a veces discretos.

Pero terminan cambiando la forma en que uno se comprende.

He llegado a pensar que gran parte de la vida consiste en convivir con historias que nos contamos sobre quiénes somos. Algunas nos ayudan. Otras nos limitan. Y muchas de ellas permanecen intactas simplemente porque nunca nos detenemos a examinarlas.

La terapia me ha dado precisamente eso: un lugar para mirar con más atención.

No para convertirme en otra persona.

No para eliminar todos mis conflictos.

No para alcanzar una versión ideal de mí mismo.

Sino para conocer mejor a la persona que ya soy.

Por eso, cuando alguien me pregunta si recomiendo ir a terapia, mi respuesta suele ser sí. Pero no porque la considere una solución universal para todos los problemas.

La recomiendo porque pocas experiencias me han permitido observar mi propia vida con tanta honestidad.

Porque me ha ayudado a descubrir deseos que no sabía que tenía.

Porque me ha permitido entender mejor algunas de mis elecciones.

Y porque, en medio de una vida que constantemente nos exige avanzar, producir, responder y resolver, existe algo profundamente valioso en disponer de un espacio dedicado simplemente a pensar, sentir y preguntarse quién es uno.

Eso sí: también he aprendido que no cualquier espacio sirve.

La confianza importa.

El respeto importa.

Sentirse escuchado importa.

Encontrar a un terapeuta con quien uno pueda construir ese vínculo hace una diferencia enorme.

Tres años después sigo asistiendo a terapia. No porque haya llegado a una respuesta definitiva, sino porque continúo encontrando preguntas que vale la pena explorar.

Y quizá eso sea lo más importante que he descubierto: que comprenderse a uno mismo no es un destino al que se llega una vez y para siempre, sino una conversación que puede acompañarnos durante toda la vida.

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