
Tal vez tú también tengas un "código QR", la Terapia Cognitivo Conductual
Por Sergio Vaca
Cuando un código QR despertaba toda mi ira:
lo que aprendí de la Terapia Cognitivo Conductual
Hay ocasiones en las que un problema parece tan pequeño que da pena contarlo. ¿Quién podría imaginar que un simple código QR en la mesa de un restaurante sería el motivo por el que decidí iniciar un proceso terapéutico?
Sin embargo, así ocurrió.
Al terminar el confinamiento por la pandemia de COVID-19, muchos restaurantes dejaron de entregar cartas impresas. En su lugar, colocaban un código QR para consultar el menú desde el teléfono celular. Para la mayoría de las personas aquello era una solución práctica. Para mí era el inicio de un conflicto.
En ese tiempo yo no utilizaba datos móviles en mi teléfono. Simplemente no los necesitaba. Cada vez que entraba a un restaurante me encontraba con la misma situación: no podía consultar el menú y, por lo tanto, no podía ordenar.
Lo que para otros era una molestia menor, para mí se convertía en una enorme injusticia.
Mi diálogo interno era inmediato:
"¿Desde cuándo es obligatorio contratar datos móviles para que te atiendan?"
"Yo soy el cliente; espero recibir el servicio sin condiciones."
"Este restaurante no entiende lo que significa calidad en el servicio."
Durante muchos años trabajé como consultor en modelos de calidad. Ideas como "el cliente es primero", "los momentos de verdad deben cuidarse" o la conocida frase "el cliente siempre tiene la razón" formaban parte de mi manera de comprender el mundo. Cuando la realidad no coincidía con esas expectativas, experimentaba una intensa frustración.
Esa frustración rápidamente se transformaba en ira.
Levantaba la voz, exigía hablar con el gerente y reclamaba que el restaurante debía ofrecer una alternativa: un menú impreso o, al menos, un dispositivo con acceso a internet para consultar la carta.
En mi mente yo estaba defendiendo un principio.
Desde afuera, probablemente solo era un cliente gritando.
La situación comenzó a afectar también mi relación de pareja. Mi esposa no comprendía la intensidad de mi reacción. Algunas veces intentaba disculparse con el personal; otras prefería levantarse e irse del lugar.
Llegó un momento en que evitaba salir conmigo.
Ahí comprendí que el problema ya no eran los restaurantes.
El problema era yo.
Descubriendo el ciclo de la ira
Busqué ayuda psicológica porque quería controlar mis explosiones de enojo. El terapeuta me recomendó trabajar mediante Terapia Cognitivo Conductual (TCC).
Una de las primeras tareas consistió en definir con claridad cuál era la conducta problemática.
No bastaba decir "me enojo mucho".
Era necesario describirla de forma específica:
"Presento una respuesta de ira desproporcionada cuando un restaurante condiciona el acceso al menú al uso de internet. Pierdo el control, levanto la voz y dejo de considerar cómo se siente mi pareja o las personas que me rodean."
Esa descripción fue sorprendentemente útil.
Por primera vez dejé de pensar únicamente en el restaurante para comenzar a observar todo lo que ocurría dentro de mí.
Después vino otra parte muy interesante: identificar los pensamientos que alimentaban esa reacción.
Algunos provenían de mi historia familiar.
Mi padre solía gritar cuando las cosas no sucedían como esperaba.
Sin darme cuenta, había aprendido que levantar la voz era una forma válida de enfrentar aquello que consideraba injusto.
Otros pensamientos provenían de mi experiencia profesional.
Mi formación en calidad me había enseñado principios muy valiosos, pero con el tiempo algunos se habían convertido en reglas rígidas que yo aplicaba en cualquier situación.
También aparecieron creencias relacionadas con mi vida de pareja:
"Si yo apoyo y respeto a mi esposa, ella debe apoyarme y respetarme de la misma manera."
Incluso surgían argumentos aparentemente racionales sobre las medidas sanitarias después de la pandemia.
Lo interesante fue descubrir que ninguno de esos pensamientos producía ira por sí mismo.
Era la combinación de todos ellos, repetidos una y otra vez en cuestión de segundos, la que terminaba encendiendo la respuesta emocional.
Cambiar la conversación interna
La TCC me enseñó algo que hoy parece evidente, pero que entonces fue un verdadero descubrimiento: entre lo que sucede y la forma en que reaccionamos existe un espacio ocupado por nuestros pensamientos.
No siempre podemos elegir lo que ocurre.
Pero sí podemos aprender a cuestionar la interpretación que hacemos de los hechos.
En paralelo realicé otro ejercicio que me resultó especialmente útil: reescribir mi propia historia utilizando palabras con una menor carga emocional. Cambiar ciertas expresiones por otras más neutrales reducía la intensidad con la que revivía esas experiencias.
No cambiaba los hechos.
Cambiaba la forma en que mi mente los evocaba.
Con el tiempo también trabajamos en generalizar nuevas respuestas. Ya no se trataba únicamente de los restaurantes. Había que practicar formas distintas de reaccionar ante cualquier situación que despertara el mismo patrón de frustración.
Poco a poco descubrí que podía detenerme unos segundos antes de responder.
Ese pequeño espacio hacía toda la diferencia.
Lo que la TCC me dejó
Con frecuencia se dice que la Terapia Cognitivo Conductual es un enfoque muy práctico, y mi experiencia coincide con esa descripción.
Su fortaleza está en identificar conductas concretas, reconocer los pensamientos que las mantienen y ensayar nuevas maneras de actuar. Muchas intervenciones pueden desarrollarse en un número relativamente breve de sesiones, dependiendo del motivo de consulta y de las necesidades de cada persona.
En mi caso funcionó especialmente bien para el manejo de la ira y el control emocional.
También es un enfoque ampliamente utilizado para diversos problemas psicológicos, aunque, como ocurre con cualquier forma de psicoterapia, no es una solución única para todas las personas ni para todas las situaciones. Algunas dificultades requieren intervenciones más prolongadas o la combinación de distintos enfoques terapéuticos.
Eso fue justamente lo que ocurrió conmigo.
Cuando terminé ese proceso sentí que había alcanzado el objetivo por el que había acudido: dejé de perder el control en situaciones como aquella de los menús digitales.
Curiosamente, poco tiempo después los restaurantes comenzaron a volver a los menús impresos.
La pandemia terminó.
Pero yo me quedé con algo mucho más valioso que una carta sobre la mesa.
Había aprendido a reconocer cómo pensaba, cómo sentía y cómo actuaba.
Y eso cambió mucho más que mi forma de pedir comida.
Después decidí continuar mi camino terapéutico, esta vez desde un enfoque psicoanalítico. Ya no buscaba únicamente controlar una conducta específica; quería comprender aspectos más profundos de mi historia y de mi manera de relacionarme con los demás.
La TCC fue una excelente puerta de entrada.
Tal vez tú también tengas un "código QR"
Quizá tu historia no tenga nada que ver con restaurantes.
Tal vez sea una discusión constante con tu pareja, una reacción excesiva con tus hijos, la dificultad para poner límites, un hábito que intentas cambiar desde hace años o una emoción que aparece siempre en las mismas circunstancias.
Muchas veces creemos que "así somos" y que no hay nada que hacer.
Mi experiencia me enseñó lo contrario.
Comprender nuestros pensamientos puede transformar nuestra manera de vivir las situaciones cotidianas. Y cuando una conducta comienza a afectar nuestras relaciones, nuestro trabajo o nuestro bienestar, pedir ayuda profesional deja de ser un signo de debilidad para convertirse en una decisión de cuidado personal.
A veces el cambio comienza con algo tan simple como hacerse una pregunta distinta.
En mi caso, todo empezó con un código QR.
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